lunes, marzo 27, 2006

Derramando lágrimas de limosna

El número de mendigos en los trenes aumenta a diario


Derramando lágrimas de limosna

Gregorio Muñoz llegó a Barcelona hace unos trece meses, con un par de monedas en el bolsillo, y la esperanza bien agarrada de la mano. Pero las grises calles de su nueva ciudad no se diferenciaban de las de su vieja Cartagena. Con un duro golpe, Gregorio entendió que no importa el paisaje de fondo, sólo el polvo que se acumula en su cartera. Sin amigos, ni familia a quien acudir en momentos difíciles, busca refugio entre las paredes pálidas de un vagón de tren.


En el estrecho paso que separa dos vagones de tren, un hombre suspira y se frota la cara. Mira hacia delante con evidente desgana, pero se resigna y sale de su escondite. Deja a la vista un cuerpo demasiado delgado, cubierto con unos pantalones oscuros y un jersey tres tallas más grande. La cara, angulosa y con cicatrices de una lucha constante contra el futuro, muestra el agotamiento y la desilusión de un cuerpo que no sabe cuánto más podrá aguantar. Sacando fuerzas de no se sabe qué rincón, el hombre baja medio saltando los cuatro peldaños que le llevan al piso inferior del tren.

Le esperan más de sesenta cabezas que desde aquí, desde su posición, parecen todas fotocopias las unas de las otras. En un primer momento, nadie se fija en él. Las caras de cansancio contagioso empapelan las paredes del pequeño y claustrofóbico vagón, y nadie es capaz de escapar de la cárcel de sus propios pensamientos.

De repente, el hombre repara en la mirada de una mujer de abundante pelo blanco y arrugas en la cara que le mira directamente desde su asiento. Por su mirada, cualquiera diría que está viendo a un ladrón, o a un gusano. Tiene la barbilla levemente levantada, y arruga la nariz en señal de disgusto. Sus orejas están decoradas con brillantes tesoros, y en su cuello resplandece un collar a juego. Parece una nota errónea en una melodía conocida, como si la naturaleza se hubiera equivocado al ponerla en un vagón de tren. Sin embargo, aquí está.

Con la seguridad que proporciona la rutina, el hombre avanza entre los asientos hasta llegar a casi la mitad del vagón. Algunos pasajeros, sin ni siquiera mirarlo, le han tomado por una persona que busca asiento, y se han asegurado de estar ocupando el máximo espacio posible para impedir que se sentara a su lado. Se para, y observa a su alrededor. La mujer del pelo canoso se ha vuelto para mirarle, parece que se divierte viendo algo que luego criticará cuando tome café con sus amigas. O tal vez está pensando “Esto con Franco no pasaba...”. Qué más da.

Un tímido movimiento de su brazo, muestra que el hombre ha estado a punto de pasarse la mano por la cara, pero se ha reprimido. Su rostro parece un mapa de emociones, pero tampoco hay nadie que quiera perderse por él. Respira profundamente, y empieza a hablar. Con el mismo tono que siempre, usando las mismas palabras que siempre, recibiendo la misma respuesta que siempre.

- Disculpen las molestias, señoras y caballeros...

Algunas de las personas que tiene alrededor escapan de sus mundos personales para aterrizar en un vagón de tren, reaccionando como si un escalofrío les recorriera por dentro. Pero, cuando ven qué es lo que les ha distraído, intentan pasar desapercibidos y volver a sus secretos. Algunos tal vez lo consigan, aunque la mayoría restan en silencio, escuchando sin querer las palabras de aquel hombre, que sigue hablando...

- ... Antes que nada quiero decirles que es para mí una vergüenza tener que estar aquí pidiéndoles nada. Pero que sepan, que si lo hago es por verdadera necesidad. Hace casi dos días que no he comido nada, y el hambre que siento es lo que me ha hecho subir a este tren para pedirles. Llegué a Barcelona hace unos meses, y me encuentro lejos de mi familia, y de mis amigos. No conozco a nadie que pueda ayudarme, vivo en la calle y como con suerte una vez al día. Les pido mil disculpas por tener que hacer esto, pero si alguien quisiera ayudarme, dándome unas monedas para poder comprar un trozo de pan, o algo de comida... se lo agradecería muchísimo. Muchas gracias por todo, y espero sinceramente que todo en la vida les vaya bien.


El hombre vuelve a mirar a su alrededor. Decenas de caras miran por las ventanas, con un disimulo fingido que pretende ignorar el discurso oído, y encerrarse de nuevo entre las rejas de sus pensamientos.

Retrocede hasta el principio del vagón de nuevo, y observa por primera vez, persona por persona. Pero por más que lo intenta, las caras que ve sólo son caras. No hay ni rastro de sentimiento, ni rastro de humanidad. Parecen imágenes sacadas de un cuadro de algún artista discutido con la vida, que desprecia a sus iguales.

Nadie se digna a mirarlo. Al menos, nadie lo hace directamente. Porque todos los rostros dirigidos al suelo o al paisaje, se vuelven tímidamente cuando él pasa de largo. Algunos le miran de arriba abajo, otros lo hacen por el rabillo del ojo, con miedo, hay quiénes ni siquiera saben por qué miran. Sólo por costumbre, curiosidad, desprecio, culpabilidad, o terror, como si ese hombre de ojos hundidos fuera a sacar una navaja y abrirles desde la nariz hasta el ombligo. La mayoría de personas se aferran de forma inconsciente a sus bolsos, bolsas, mochilas, o simplemente acarician su móvil, asegurándose de que éste sigue a salvo en el interior de su bolsillo. ¿Cómo podría habérselo quitado?

Pero él sigue andando. Tal vez le gustaría girarse, y cambiar sus palabras amables por gritos de desespero. Tal vez quiera decir a todos aquellos desconocidos que son exactamente iguales que los del vagón anterior, y que precisamente es su desprecio hacia él lo que les convierte en personas que no quieren ver más allá de sus narices. Que en qué mundo vivimos, si damos más importancia al café que queremos tomarnos cuando lleguemos a nuestro destino, que a la salud de un hombre. Que tiene dos piernas iguales a los de todos, unos pulmones como tú, y un estómago como el tuyo, aunque más vacío. Si es así, ¿por qué te crees superior?

O tal vez ya se haya acostumbrado, y el temblor de su mano al pasearla frente a la gente no sea más que cansancio acumulado, y el frío instalado en sus huesos.

O quizá el desprecio que ha visto durante tanto tiempo ha logrado que deje de pensar en nada, que se haya conformado a ese tipo de vida, aunque desee seguir viviendo. ¿Logrará alguien algún día quitarle eso?

Oh, la mujer del pelo blanco. Se está acercando a ella, que sigue mirándolo directamente, sin disimulo alguno, y levanta una ceja cuando él se aproxima. Parece estar retándolo a pedirle algo personalmente, y a la vez se encarga de recordarle cuál es su posición. Está jugando, y que él tenga que pedir, para ella es solo eso: un juego.

El hombre pasa de largo, sin detenerse en ese compartimiento más que para mirar fugazmente la chica que hay delante de la mujer, y seguir adelante. Casi puede ver su sonrisa, estando de espaldas. Sí, ha ganado ella.

Sigue andando hasta el final del vagón, y la escena es monótona y aburrida. No hay nadie que cambie la rutina, el absurdo pasar de los días. En los últimos asientos, una mujer joven le da un par de monedas, y él le sonríe. Una de sesenta, es un buen resultado.

Sube los escalones y abandona el vagón. Sus hombros caen más, sus movimientos se vuelven más lentos, ya ha dejado de ser el centro de atención. Toma aire y mira el par de monedas que aún descansan en su mano. Las aprieta en su puño, y las deja en su bolsillo con cuidado.

En el estrecho paso que separa dos vagones de tren, un hombre suspira y se frota la cara.



^Nindëta^

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